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lunes, 17 de junio de 2019

SEX EDUCATION. SERIE

Como todos sabéis soy madre. Pero como he dicho mil veces, eso no me define. Antes de tener este blog de maternidad, tenía uno en el que hablaba de libros, pelis y series. Me encantaba mi pequeño rincón y aunque al final abrí este, por necesidad y porque me gustó, de vez en cuando lo echo de menos.


Es por eso, que he pensado, que una vez al mes, traeré una película, serie o libro que me haya gustado y de la que pueda contaros algo. 


Sinceramente, al principio de convertirme en madre, no tenía tiempo para mucho, pero las series nunca las he dejado de lado. Otra cosa, era que cuando mi medio limón llegaba de trabajar y nos poníamos a ver algo, yo aguantara despierta. 


Algo que en mi casa, a día de hoy, no nos puede faltar es Netflix y es que unos amantes del cine y las series, poder tenerlo a la carta, es como un regalo de Navidad continuo y además, cada uno tenemos una cuenta. ¿Qué más podemos pedir?


Pues pedimos buenos contenidos y pienso que Netflix, por ahora, con sus películas y sus series, no me ha defraudado.


Hoy vengo a hablar de la última serie de Netflix a la que le di una oportunidad. 

SEX EDUCATION


Cuando salió en Netflix, vi el trailer. No lo dudé y lo puse en mi lista. Pero es que mi listas es interminable y antes quería acabar con otras series que tenía a medias.


Pronto empecé a escuchar buenos comentarios y es que de un tiempo a esta parte, Netflix da en el clavo con todo lo que nos da (Stranger Things, Por trece razones,...).


Las series juveniles vuelven a estar en el candelero y si juntamos eso con las ganas de ver cosas nuevas y divertidas que me saquen de la monotonía, pues mi punto ya lo tienen.



Fotografía extraída de Netflix


SPOILERS
Voy a contar algunas (muy pocas) cosas de la primera temporada. Si no te quieres enterar, no leas lo siguiente, si te da igual o ya la has visto. Bienvenid@






En Sex Education conocemos a Otis. Otis es un chico que quiere pasar desapercibido en el instituto. Solo tiene un amigo, Eric, totalmente diferente a él y con eso, Otis ya es feliz. 




Después tenemos a Maeve, la chica mala del colegio. Su reputación la precede y nadie quiere acercarse a ella, aunque todos la conocen.




Dos completos desconocidos, terminan por llevar, juntos, un consultorio sexual en el instituto.


Hasta aquí, puede parecer medio normal, pero si os dijera que Otis es virgen. Que además tiene un trauma del pasado que le persigue y por el cual no puede tener relaciones íntimas, ni siquiera consigo mismo y para rematar, su madre es una conocida terapeuta sexual, que disfruta con el sexo, que no quiere tener pareja estable y que, aunque quiere ayudar a su hijo, se mete en asuntos que no debería, en estos momentos. 



Desde un buen principio la serie me gustó. Me atrapó. Tanto es así, que en 4 días había visto la primera temporada. Tampoco es que sea muy larga, la verdad. 


Sí, es una serie de adolescentes.

Sí, rezuma tópicos por todos lados.

Sí, podemos estar ya cansados.


Sí a todo lo anterior, pero nos traen una serie muy manida, de manera diferente. Divertida. Amena. No es un melodrama adolescente de te quiero y doy la vida por ti, mañana te odio porque me has fastidiado la vida y así vuelta a empezar, rizando el rizo.


No. Aquí se habla de muchos temas que les preocupa a los adolescentes. Pero lo hacen una delicadeza. Temas como el miedo al rechazo, la dignidad, el orgullo por lo que eres y como eres. 


Senitimientos encontrados que en la adolescencia se maginifican hasta lo más alto. Porque seamos sinceros, la adolescencia es una etapa dura, una etapa de mi***a por la que todos hemos pasado. La confusión está a la orden del día y tener gente en la que apoyarte y ser uno mismo es primordial.


Conocemos a nuestros protagonistas y nos atrapan con sus historias. Todas diferentes, pero con un punto en común, un viaje interior para conocerse a sí mismos. Como digo el problema de Otis para disfrutar de cualquier experiencia sexual y su atracción por la chica. La relación que tiene ella, Maeve, con el chico popular de la escuela, pero que no quiere que se sepa. Igual que tampoco se debe saber su problema personal. O la orientación sexual de Eric, o simplemente su manera de ver la vida. 


Cada capítulo empieza siempre con una situación sexual que lleva a unos chicos a plantearse ciertos problemas, conflictos, que necesitan arreglar. Donde nuestro amigo Otis tendrá que metez baza, para ayudarlos, quiera o no quiera, pues termina siempre ayudando a los demás, dando consejos realmente buenos y que ayudan a sus compañeros. 

Fotografía extraída de Netflix


Una de las cosas que más me gustan de Sex Education es su humor inglés. Ácido y directo. Tal y como soy yo. Me encanta Eric y su forma de ver la vida. Lo valiente que es y todo lo que le pasa en esta temporada, para encontrarse a sí mismo y quien quiere ser. Adoro a Jean, la madre terapéuta sexual de Otis, con sus comentarios mordaces, su vida de libre albedrío... 


Eso no hace que esta serie se deba tomar como una serie de comedia adolescente, pues creo que los temas a tratar no son para tomarlos a cachondeo (aborto, acoso, homofobia,...). Además, en el viaje a descubrir su propio yo de Eric, es duro, muy duro y pasa por momentos en los que duele verlo y no sufrir con él. 


Fotografía extraída de Netflix


 Sinceramente, si no lo has visto... No sé a qué esperas. Para mi, una de las mejores series de este año y que por ahora, pocas han podido llegar a su altura o sobrepasarla.

martes, 15 de mayo de 2018

LA PASIVIDAD DEL AYTO DE CASTELLDEFELS ANTE LAS QUEJAS DE SUS VECINOS

Siempre he querido vivir en un pueblo cercano a Barcelona. Soy de la ciudad, pero poder salir de ella, no estaría nada mal, sobre todo pensando en el fin de semana y la desconexión.

Uno de los pueblos que siempre me tuvo, y me tiene, robado el corazón es Castelldefels y desde que me casé con un habitante de allí, mi amor ha crecido. Es un pueblo que lo tiene todo. Mar o montaña. Soledad o barullo. Conexiones buenas con la ciudad, tanto en transporte público como con el coche. Oferta gastronómica y de fiesta.

En fin, un pueblo que lo tiene todo, porque tener, tiene hasta el Centro Comercial Ànec Blau. Mi medio limón y yo vivimos en Barcelona, con la peque. Pero mis suegros y cuñados viven en Castelldefels, unos cerca del centro del pueblo y los otros al lado mismo de la playa.

Y hoy vengo porque quiero explicaros el PROBLEMA que se han encontrado mis suegros. Viven en este pueblo desde hace muchos años. Mi suegro vino de pequeño con su familia desde Granada (y sus padres y hermanos viven en el pueblo o en los alrededores) y mi suegra vino siendo muy joven, sola y con lo puesto para lograr un futuro mejor, desde Albacete.

Han vivido casi toda su vida en el barrio donde están. Mi medio limón me ha explicado muchas veces como cambiaron de casa, yendo de un edificio a otro en la misma calle y es que están en un lugar inmejorable y han hecho su vida allí. Tienen un piso con terraza. Terraza que mi suegro cuida y mima siempre que puede. Tiene mil plantas (y siempre me ha dado envidia, porque yo solo tengo una y se me muere), ahora tiene hasta un pequeño limonero. Desde la terraza podemos ver la montaña, donde está la Dona Morta (la montaña hace la silueta de una mujer de cabeza a los pies, es muy curioso). Además nos encanta pasar allí los días de verano, o las noches, como la verbena de Sant Joan, desde donde podemos ver los fuegos aritificiales y estar a una temperatura estupenda. Los niños en verano se bañan en una piscinita hinchable y nosotros podemos tomar el sol o simplemente hacer un vermut.

Hace unos meses, uno de los locales que están en su misma calle, pero no en su bloque, fue alquilado. Durante unas semanas, cuando pasábamos por delante, veíamos que estaban haciendo obras y pronto supimos que lo que iban a montar allí era un restaurante. Y aquí viene el problema.

Mis suegros estarían encantados en tener un nuevo restaurante cerca de casa para poder ir a comer cuando les apeteciera. Pero no un sitio que incumple muchas de las normas estipuladas.

Lo primero que se encontraron es que las personas que alquilaron ese local accedieron a unos tubos de respiración y los hacen servir como chimenea de su propio local, restaurante-pizzeria. Pero esos tubos NO PERTENECEN AL MISMO EDIFICIO DEL LOCAL. Cogieron los tubos del edificio contiguo. 

Os podéis imaginar lo incómodo que nos resulta ahora poder estar, al mediodía o a la noche en la terraza, hablando, tomando el sol, o haciendo lo que nos salga del higo, pues aquello se llena de humo. No quiero que la peque, ni mi sobrino jueguen por la terraza. Este verano, si las cosas siguen así, no podremos poner su piscinita hinchable para que jueguen y estén fresquitos, pues se llenará de ollín y si no, mirad las fotos que pongo a continuación.
Como he dicho antes, mi suegro cuida y mima la terraza, sus plantas... sus plantas ahora tienen un color negruzco. Mi suegra no puede tender la ropa como hasta ahora, en sus cuerdas, porque si no se le pone negra y huele a humo. Es INSOPORTABLE.








Pero ahí no acaba la cosa. Recuerdo el primer día que ese local abrió sus puertas. Al principio no pensé que fuera un restaurante, si no un local de alimentación y venta de animales. ¿Y por qué pensé eso? Fácil, dentro del local, en uno de los escaparates, colgaba una gran pajarera, donde tenían un precioso y ruidoso pájaro.

Todos los que me conocéis sabéis lo que me gustan los animales, pero no me gustaría ir a comer a un sitio y estar cerca de un pájaro. Primero porque justamente los pájaros me dan miedo. Segundo porque no son precisamente limpios y en cualquier momento una pluma o algo puede caer de la pajarera a mi lado o mi plato. Supongo que por eso está espificado que no se pueden tener animales en locales donde se vende / o se hace comida.

En un principio mis suegros fueron al Ayuntamiento de Castelledefels para explicar lo que estaba pasando. Les atendieron y ellos pensaron que esta pesadilla acabaría pronto, pero nada más lejos de la realidad. Llamaron a la policía un par de veces y una de ellas les cerraron el local. 

Finalmente, suponemos que alguien del ayuntamiento fue a ver el local y estuvo cerrado unas pocas semanas para "adecuar" el local a lo que se pedía. ¿Lo han hecho? NO.

Primero de todo, siguen utilizando los tubos de respiraderos de un edificio que no es el de su comunidad como chimenea. Por mucho que le pongan un capuchón no sirve de nada. Mirad como está ahora.
 


Mis suegros, no cansados y luchando por lo que es suyo, han ido REPETIDAS veces al ayuntamiento de Castelldefels, donde hay un departamento para poder poner este tipo de quejas. ¿Sabéis que han hecho? NADA. Y la última vez que fueron una persona de dicho ayuntamiento les explicó cómo van las cosas y por lo visto, ellos tienen las de perder, porque la ley ampara a todos aquellos que quieran emprender un nuevo negocio. Da igual que no sigan la ley o que no sigan las normas de sanidad, ellos ganarán y mis suegros perderán.

¿ES ESO LÓGICO?

Sinceramente, este tipo de situaciones me enfadan, pero sobre todo, me entristecen, porque:
- Inclumplen las normas de sanidad, teniendo animales dentro del local.
- Cogen como chimeneas de su local, dos respiraderos del edificio de al lado. Pasando de una terraza a otra, y saltando como monos de feria.
- Dejan la terraza de mis suegros sucia, negra, y no podemos estar ahí porque nos mata el humo.

Eh! pero ellos tienen las de ganar.

martes, 3 de abril de 2018

CRIANDO A UNA PEQUEÑA CONSENTIDA

Desde que la peque nació, tuve claro que le querría dar todo aquello que yo no pude tener, pero siempre, enseñándole el valor de las cosas, del esfuerzo y sobre todo de que el dinero no crece en los árboles.

Desgraciadamente, mi medio limón y yo, laboralmente hablando, no tenemos mucha suerte. Yo tengo trabajo (y parece que mi situación mejora), pero él ahora mismo está en el paro, pero aunque no estuviera, nuestros sueldos, juntos, era como el de uno solo. De ello tenemos que sacar para pagar facturas y primera necesidad (como comida). Pocas veces nos damos un capricho y el mes que lo hacemos, al siguiente, podemos renquear un poco. Además, recibimos algo de ayuda para poder llegar a fin de mes, porque os digo yo, que si no, no llegamos, por muchos malabares que hago con las cuentas.

Hay una cosa que siempre hemos tenido clara a la hora de tener a la peque, y era el colegio donde queríamos que fuera. Yo me enamoré del sistema educativo de ese colegio desde que lo conocí y encima, cerquita de casa. Pero el cole es concertado, así que una pequeña parte del sueldo se nos va en su educación, sinceramente es lo que menos me importa, pero significa que lo poco que podíamos a ahorrar para un caprichito, ahora no lo tenemos.

Así que tampoco tenemos dinero para que alguien nos la cuide por la tarde (hablo de cuando mi marido tenía trabajo). Y como no podemos conciliar con los horarios que tenemos (o mas bien teníamos), muchas veces, por no decir cada día (entre semana) teníamos que tirar de los abuelos (maternos) para que nos la cuidaran hasta que uno de los dos (yo), llegara a casa.

Sé que los abuelos están como locos con su nieta. Es la niña de sus ojos y se les nota, solo hay que poner un barreño debajo de su cara cada vez que hablan de ella, porque un día con la baba, salimos nadando. Yo me siento orgullosa de ello y sé que, ya que a mi no me pudieron dar muchas cosas (porque económicamente estaban como nosotros ahora), quieren compensar con dinero esa carencia. Pero no me parece bien.

Os explico el tema en profundidad lo que nos estuvo pasando mientras mi medio limón tenía un trabajo de tarde.

La abuela iba a buscarla al cole cada día. Y cada día pasaban por una tienda o bazar y la peque se encaprichaba de algún muñeco o juguete. Sin pensárselo, la abuela se lo compraba y la niña tan feliz.
¿Qué pasaba con ese juguete al día siguiente? Que se había olvidado de él, porque volvían a pasar por una tienda o bazar, donde veía uno nuevo y lo quería y, por supuesto, la abuela se lo compraba.
Si eso pasara de vez en cuando, de verdad que no me importaría, pero pasaba cada día. Cada día de la semana que ella iba a buscarla. Así que imaginaros el panorama cuando mi medio limón o yo íbamos a recogerla. Sí o sí quería algo y nosotros no se lo comprábamos. Nos armaba el cirio del siglo, se cabreba, lloraba y gritaba. Daba igual que le intentaramos explicar algo, porque no lo entendía. Y es que el día que no tenía un peluche nuevo, tenía un muñeco de goma pequeño, si no un huevo kinder (mejor no os hablo de los dichosos huevos, porque no se los come, ella ese chocolate lo odia, ella quiere lo que hay dentro).
Día tras día tenía un juguete diferente.


Entonces llegó el momento de que su padre se quedó en paro. Las cosas cambiaron, mi marido empezó a ir a recogerla al colegio cada tarde. Y como no, se la liaba cada día. Él no lleva un duro en la cartera y cuando digo ni un duro, es que por no llevar, no lleva ni 10 céntimos. Así que la niña quiere un juguete nuevo. El padre le dice que no puede porque no tiene dinero y porque no le parece normal que se le compre algo cada día y entonces la peque estalla en una señora rabieta. De esas de grito, lloro y me paso 20 minutos de reloj llorando y moqueando por las esquinas.

Como digo a la peque por mucho que se lo quieras explicar, no lo termina de entender, pero cuando quieres hablar con la abuela eso sí que es darse contra una pared. Su frase favorita es: los padres están para educar y los abuelos para malcriar. Pues sí, ella sigue esa regla a raja tabla. El problema... que tenemos a una pequeña consentida. En cuanto ella ve una sola lágrima en la peque, corre rauda y veloz a comprarle algo, para que no llore más. La niña consigue lo que quiere después de la rabieta y cuando llego yo, lo primero que hace es enseñarme su nuevo juguete y dejarme claro quién se lo ha regalado.

No sé si con estas palabras os puedo transmitir la impotencia y la rabia que siento. Pero es así. Me siento mal, muy mal. Porque ella ha pasado por la misma situación en la que estamos nosotros y, es verdad, no tuvo tanta ayuda como nosotros, pero de ahí a socabar nuestra autoridad, no me gusta.  Me siento mal, porque no puedo darle a mi hija algún capricho, pero ella sí, le da mil, y si le diera uno de vez en cuando, de verdad que no me quejaría, pero es cada día (llueve, haga frío, sol. Se porte bien o se porte regular. Da lo mismo, ella se lo lleva. Y ya no digo nada cuando cae enferma, que sí o sí tiene un regalo).  
¿En qué posición me deja a mi como madre?

¿Qué pasa cuando vamos al supermercado, pide una chuche y le decimos que no? Antes, no pasaba nada. Le dabas una fruta y la niña más feliz del mundo. Ahora... como no le des la chuche, rabieta al canto. Porque esta es otra... la alimentación. Quiero que mi hija coma de todo y que se coma un sugus de vez en cuando me da igual, pero que yo digo que es uno a la semana y ella le dé uno cada día, a mis espaldas me repatea. Y es que ahora la peque empieza a hablar con todas las consecuencias. Y así es como nos enteramos de todo lo que nos esconde.

Lo peor es cuando mi marido le pide que no le compre nada más. La respuesta es rápida y sencilla: Le compro lo que me da la gana y mientras tenga dinero le compraré todo lo que ella quiera.

Así que lo único que pienso es en que estoy criando a una pequeña consentida y esto se me va de las manos. Una niña que no le da valor a las cosas, no le da valor al esfuerzo de sus padres, no le da valor absolutamente a nada y que cuando oye la palabra no, se monta la de San Quintín.

Quiero poner límites, pero no solo a mi hija. También a la abuela. ¿Pero cómo hacerlo? Y lo pregunto en serio, porque ella siempre nos hace el "favor" de cuidar de la niña si nosotros, por trabajo no podemos. Pero no puede ser que la críe con todo esto.